La economía paraguaya se está desacelerando, pero no está en recesión. El crecimiento de 5,7% del primer semestre deja una base sólida: con la actividad estancada, el PIB crecería alrededor de 4,5% en 2026 (entre 4,0% y 4,6% según el método), y más cerca de 4,8% a 5,0% si se sostiene el nivel de julio; el escenario central del Observatorio lo sitúa entre 4,5% y 4,9%. Con el método central, la proyección del FMI (4,4%) se alcanza sin reaceleración y la del BCP (4,5%), casi. Pero el margen es poco: una nueva caída del nivel de actividad dejaría el año cerca de 4,1%. El ritmo actual es bajo —la actividad desestacionalizada no avanzó en el segundo trimestre—, y la estimación de agosto no muestra una señal clara de nuevo freno ni de reaceleración.
La desaceleración tiene sectores con nombre propio. Se frenaron el consumo masivo, los combustibles, la construcción y los insumos importados; siguen creciendo la soja, el trigo, la maquila y la venta de vehículos, y la energía exportada se recupera. La caída de la inversión del segundo trimestre exagera el deterioro, porque compara con compras extraordinarias de equipos en 2025, pero la moderación del consumo privado es nítida. El mercado interno pierde fuerza, mientras la cosecha y la energía sostienen el producto; la maquila es la señal más dinámica fuera del agro, aunque su aporte directo al PIB es todavía de pocas décimas.
La principal fortaleza es la oferta exportable —la cosecha de soja y la maquila—, no el saldo externo. El superávit comercial de US$ 717 millones a agosto se explica en dos tercios por el rubro de otras exportaciones; el comercio registrado sigue en déficit; la ganadería retrocede; el último cuatrimestre suele ser deficitario, y el FMI proyecta un déficit de cuenta corriente de 2,6% del PIB. El guaraní, en uno de sus niveles reales más fuertes desde 2000, abarata las importaciones, presiona la competitividad-precio —un riesgo aún no visible en las exportaciones industriales— y reduce el valor en guaraníes de las remesas.
Los precios y la política monetaria no son hoy una fuente de problemas: la inflación está en el piso del rango y la tasa real, en el límite superior del rango neutral. El riesgo viene del petróleo. El desafío es que la baja de la tasa de política llegue a las tasas activas; si el choque energético no contamina las expectativas, habrá espacio para un recorte gradual.
Las finanzas públicas son el balance más desequilibrado: un déficit de doce meses de 2,9% del PIB, que el FMI prevé en 3,5% al cierre por el pago de atrasos, y una recaudación que no crece en términos reales. El impulso sobre la demanda es pequeño, porque se pagan gastos de años anteriores, pero el costo en financiamiento y credibilidad es real.
Sobre el endeudamiento de los hogares, la conclusión es matizada: los datos no permiten afirmar un sobreendeudamiento generalizado, pero tampoco descartarlo, y muestran una vulnerabilidad creciente, con un crédito al consumo que crece a 2,2 veces el ritmo del ingreso, una carga financiera promedio de 19% a 24% del ingreso captado por la encuesta en el supuesto central (13% a 17% si se corrige la subcaptación del ingreso), una morosidad de tarjetas en alza y hogares que no logran ahorrar. Sobre las remesas, que complementan el ingreso de 5,0% de los hogares y son para una parte de ellos la fuente principal de ingreso, 2026 trae un doble golpe: menos dólares y dólares más baratos.
El mensaje para los próximos meses es de prudencia: 2027 empieza con un arrastre bajo, y su crecimiento dependerá de una nueva zafra, de la inversión anunciada y de que el consumo recupere el ritmo sin apoyarse en más deuda. Calibrar a tiempo los límites a la carga financiera de los hogares, ordenar el pago de los atrasos fiscales y mejorar la transmisión de la política monetaria son las tareas que la coyuntura pone sobre la mesa.